Las crisis humanitarias relacionadas con los conflictos bélicos y las consecuencias del cambio climático atrapan el interés de los medios de comunicación, y no tanto de la ciudadanía, que las ve con indiferencia y con la lejanía que aporta visualizarlos desde una pantalla electrónica sentados en un cómodo sofá. A pesar de la insistencia mediática, pocas personas son las que se sienten interpeladas y corresponsables de estas trágicas situaciones.

A escala local, existen otros peligros que no abren los telediarios con implicaciones, también preocupantes, como es el derivado del frágil sistema de cuidados a los colectivos más vulnerables, afectados por una situación de discapacidad o dependencia. Fragilidad vinculada entre otras cosas, a la invisibilización de estos cuidados que históricamente han permanecido en el ámbito del hogar e infravalorados por haber sido suministrados, recurriendo a la terminología del mercado, por mujeres, tanto en el ámbito familiar como desde el ámbito profesional.

La familia tradicional como institución también está en crisis, ni la nuclear ni la extensa garantizan estos cuidados, que antaño eran casi un mandato divino reservado a los miembros más compasivos del hogar, al género femenino. Asimismo, este fenómeno se ve agravado con la escasez de profesionales formados en las facultades de enfermería para la alta demanda que nuestras sociedades requieren.

El diagnóstico es evidente, pero, ¿y las soluciones? Me atrevo a sugerir algunas que suponen un cambio cultural. En primer lugar, deconstruir la realidad y sus prejuicios. Cuidar es una capacidad intrínseca al ser humano, independientemente de su género, muy gratificante y que es un cura de humildad para la arrogancia de una sociedad que todo lo entiende en clave de éxito y materialismo. Por otra parte, tendremos también, que hacer saber a la sociedad en su conjunto, que el bienestar de sus pares, más allá del núcleo familiar es también su responsabilidad.

Pero cuidar no sólo es una dedicación voluntaria y afectuosa, es una profesión que debe tener su justo reconocimiento. Cuidar no es un arte, cuidar es un compromiso y una muestra de una sociedad madura, que se reconoce vulnerable y que se hace fuerte, enfrentando la adversidad y la enfermedad, cara a cara.

Mientras los índices de natalidad sigan en descenso, los y las profesionales de los cuidados no sean los suficientes y los recursos públicos raquíticos, la sociedad tendrá que asumir esa implicación y ese placer de cuidarse recíprocamente. Porque para cuidar no hay que ser un superhéroe o un artista, hay que ser una persona justa con el prójimo y la sociedad en la que le tocó vivir.

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