“Vivir es conservar la capacidad de entusiasmo. Seguir vibrando por toda la vida que sientes a tu alrededor y participar en ella. Vivir es saberse vivo hasta el instante final. Los años solo enriquecen. Desde la altura de mi edad, puedo sentir la vida con los entusiasmos de siempre. Yo veo la vejez, como un enriquecimiento, como un acumular saberes y experiencias”
Vicente Aleixandre

El aumento de personas mayores constituye un fenómeno único en la historia de la humanidad. En tan solo un siglo, hemos pasado de una esperanza de vida de 40 años hasta los 80-85 años de vida que disfrutamos en la actualidad. Pero sin duda, lo realmente novedoso de la época que nos ha tocado vivir es la proporción de personas mayores que han prolongado su esperanza de vida. En España, los mayores de 65 años representaban en 1900 el 5,2% de la población, incrementándose este porcentaje hasta el 19,3% en 2019 (INE, 2019).

Hasta ahora el avance parecía estar en vivir más años. Esta marca ya está conseguida. El aumento de la longevidad es un esplendoroso logro de nuestra civilización. Ahora viene lo más difícil. No se trata tanto de dar años a la vida, sino vida a los años. El verdadero reto es vivir el mayor tiempo posible con el máximo bienestar. Pero es que además el concepto de vejez es relativo al tiempo, la época, el contexto y la cultura en la que una persona vive. En este sentido, es esclarecedora la frase: “había un viejo de pelo y barba blanca, de unos cuarenta años, sentado bajo un árbol” (Libro Medieval).

El envejecimiento es una etapa más de la vida que se caracteriza por la unicidad, la singularidad y la diversidad. Cada ser humano posee una personalidad única que le hace diferente a los demás. No hay una etapa vital más heterogénea que la de la vejez. Precisamente por ello, se debe garantizar que las personas mayores tengan la posibilidad de seguir siendo ellas mismas y de continuar eligiendo el modo de vida que desean llevar. ¡Puedo estar jubilado, pero no retirado de la vida! Parafraseando al gran director de cine americano Woody Allen: “me interesa el futuro porque es el sitio donde voy a pasar el resto de mi vida”.

Pero, ¿qué es ser persona mayor? ¿A quién se le puede llamar así? Aristóteles decía que una persona era anciana a partir de los 50 años, San Agustín fija el límite en los 60 años. En la actualidad rige el criterio de la edad de jubilación laboral (65 años). De ello se deduce que no existe unanimidad para fijar la edad cronológica en la que uno es persona mayor, razón para pensar que este criterio es o puede ser erróneo e injusto.

Por otra parte, quiero destacar tres características que me parecen importantes a la hora de definir el envejecimiento. En primer lugar, que ni se envejece de golpe ni se llega a ser viejo a partir de un momento determinado. En segundo lugar, que el envejecimiento es un proceso individual, ya que cada persona envejece de manera diferente a las demás. Y por último, que no es sinónimo de enfermedad. En definitiva, hemos de considerar que no existe el envejecimiento como hecho objetivo, sino “experiencias subjetivas de envejecer” y que es la enfermedad y no la edad la principal causa de dependencia.

Cada persona es el conjunto de sus experiencias vitales, de los recursos de los que dispone para hacer frente a los problemas y de la red social que la rodea. Con ello quiero significar que la discriminación por edad (Edadismo), que se define por el mantenimiento de estereotipos o actitudes prejuiciosas hacia una persona únicamente por el hecho de ser mayor, se confronta con la realidad de que cada envejecer es irrepetible. Por supuesto que debemos darnos cuenta de la edad que tenemos, pero jamás “sentirnos viejos” percibiéndonos improductivos e inútiles. Porque como escribió Cicerón: “las cosas grandes de esta vida no se ejecutan con la fuerza, la rapidez o la agilidad de los cuerpos, sino con el raciocinio, la dignidad y el juicio”, y estas tres cualidades se incrementan a medida que cumplimos años.

Las personas mayores con las que he tenido y tengo el placer de compartir tiempo de diálogo, pero sobre todo de escucha, como consecuencia de mi actividad profesional, me han enseñado como vivir sin instalarme en la queja, a aceptar la incertidumbre… Esos momentos de escucha activa me han servido para entender el envejecimiento como un arte, por cuanto interviene el empeño y la disponibilidad de cada ser humano. Pero también me han revelado que ese “arte individual” necesita de la ayuda de la sociedad en la que se vive. Indiscutiblemente, no hay un vivir ideal, depende de lo que sea importante para cada cual.

El arte que posibilita un envejecer exitoso implica no desvincularse de la actividad social y mantener intereses propios. Como promulga la Organización Mundial de la Salud, “… si se quiere hacer el envejecimiento una experiencia positiva, una vida más larga debe ir acompañada de oportunidades continuas de salud, participación y seguridad…” (OMS, 2002).

Efectivamente, envejecer activamente significa participar. Participar es tomar parte, es decir, permanecer activo, mantener relaciones y desempeñar un rol social. Pero también implica sentirse útil, necesario y reconocido por los demás. Hace tiempo un buen amigo me regaló un manuscrito que lleva por título “cinco formas de bien vivir”. Son las que describo a continuación:

  • quiérete a ti mismo
  • saborea el tiempo
  • no has perdido facultades, las has cambiado por otras distintas
  • vive abierto a las cosas y a la gente, vive con ganas, con interés, con entusiasmo
  • comprometiéndote en actividades que tengan sentido para ti

Pues sí, hacerse mayor es un arte y así lo expresa el gran médico español Gregorio Marañón“Vivir no es solo existir… sino existir y crear, saber gozar y sufrir y no dormir sin soñar. Descansar es empezar a morir”.

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